Cuando todo se pone difícil, hay que pelear con más pujanza en el espíritu. Si lo haces y no te rindes, ganarás y obtendrás victorias mayores.

El ejemplo del capitán de navío del siglo VIII John Paul Jones es aleccionador. En una de las batallas en que tomó parte, su nave se hallaba a punto de zozobrar, su tripulación estaba diezmada y encima, tenía un brazo desgarrado. Ante tan calamitosa situación, el enemigo le pregun­tó si estaba dispuesto a rendirse. Jones respondió a voces: «¡No, maldita sea! ¡Ni siquie­ra hemos empezado a pelear!»  Con ese ímpetu continuó luchando sin cejar hasta que ganó la batalla.

Es posible que ni siquiera hayas empezado a luchar contra nuestro proverbial enemigo, el diablo. Quizá «no has resistido aún hasta la sangre, combatiendo contra el pecado» (Hebreos 12:4), como hizo Jesús. Aunque le costó la vida, ¡escasos tres días más tarde resucitó triunfante de la tumba!

Así que «no te canses de hacer el bien, porque a su tiempo segarás, si no desmayas» (Gálatas 6:9). «Sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo, a fin de agradar a Aquel que te tomó por soldado» (2Timoteo 2:3-4). Pelea la buena batalla, guarda la fe y acaba la carrera;  en premio, Jesús te otorgará una corona de vida (1Timoteo 6:12; 2Timoteo 4:7,8; Apocalipsis 2:10).

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