Dios nos ha dado libre albedrío; pero para servirle con eficacia e incluso para ser tan felices como Él quiere que seamos, debemos rendirle continuamente nuestra voluntad. Hemos de preguntarle qué desea Él que hagamos -lo que Él sabe que es mejor para los demás y para nosotros- y. optar por eso.

      Una vez que hayas. averiguado y abrazado lo que Dios quiere que hagas, Él te tomará y te pondrá en el sitio donde quiere que estés. Cada persona tiene su lugar y su trabajo que hacer para el Señor, como las piezas de un tablero de ajedrez. Las piezas no tienen voluntad propia. Cuando un jugador toma una y la mueve a otro escaque, la pieza no protesta; se somete y va a donde la envían, ¿no es cierto? Pues bien, tú estás en manos del Maestro. Él te va a colocar donde quiera; así que confía en Él.

      No hace falta que tú tomes todas las decisiones; sólo tienes que avenirte a Sus jugadas y dejar que sea Él quien piense y escoja. Tu visión es muy limitada. En cambio, Él ve toda la partida, todo el tablero con todas las piezas. Es fantástico dejar que Dios decida, pues Él siempre se preocupa por nosotros y sabe lo que más nos conviene.

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