Jesús, hablando en profecía. En la vida hay mucho que parece imposible, pero conmigo todo se vuelve posible. Cuando ves la vida o te ves a ti mismo desde la perspectiva de tus razonamientos, muchas veces no ves otra cosa que problemas e imposibles y te desconciertas. Te derrumbas angustiado sabiendo que no puedes sobrellevar todas las dificultades, exigencias y obligaciones, ni siquiera hacer frente a los defectos y fallos tuyos y ajenos.
Te he hecho ver aparentes imposibles tanto en ti como a tu alrededor para que veas Mi mano y Mi poder en acción y creas, y para que te liberes de tener que esforzarte tanto por vencer por tus propias fuerzas. Tu confianza en Mí se ha renovado pues sabes que realmente soy tu única salvación, tu única esperanza, tu único libertador; que tu salvación depende tan solo de Mí.
Ahora, mientras te elevo por encima de la niebla de inutilidad de intentar hacerlo por tu cuenta, del temor y la frustración, de las vanidades ilusorias[1], y retiro la apariencia de imposibilidad para que veas que de Mí dependen tu fortaleza y esperanza, encuentras gran paz y confianza. Encuentras esperanza donde no la había. Tu fe en Mí ha aumentado‚ aunque tu confianza en ti mismo se ha tambaleado. Me has visto guardarte y librarte tan milagrosamente que ahora entiendes mejor que aunque tú no puedes, Yo sí.
Quiero que sepas que deseo hacer y haré lo imposible por ti si abandonas tu lucha nerviosa‚ inútil y frenética por salvarte, por librarte, por resolver tus problemas. «Soy el Señor que te guarda»[2]. Quiero que pongas tu vida en Mis manos‚ que reposes en Mí, que aprendas a confiarme plenamente lo que no entiendas y permitas que te levante por encima de los problemas que se te presente; que tengas tanta confianza en Mí que nada te haga tambalear.
Nadie puede salvarse a sí mismo ni añadirme a Mí, añadir Mi poder o Mi virtud a sí mismo con la fuerza de su voluntad y de sus obras. Esa es la locura del hombre santurrón. Únicamente cuando clamas a Mí con apremio para que haga por ti lo que sabes que no puedes lograr por ti mismo, se puede dar el milagro de librarte con Mi gran poder.
Has visto que en algunas situaciones el único remedio eficaz es la oración. Tu voluntad, atractivo, bondad, inteligencia y demás tácticas se pueden quedar cortos. Pero solo la oración sincera, ferviente y humilde acciona Mi mano y surte efecto cuando nada más resulta. Este es un don valioso que proviene de Mí. La humildad también es un don muy valioso, aunque los humanos no siempre la vean así al principio.
Qué difícil es rescatar al que se ahoga mientras lucha frenéticamente por salvarse a sí mismo. Está aterrado y es un peligro para cuantos se acercan a ayudarlo. Muchas veces, cuando tienes un problema, quiero ayudarte más, pero tengo que esperar a que dejes de esforzarte. Cuando libras una gran batalla con tus temores y conflictos, debes aprender a confiar en que te salvaré y dejar de esforzarte tanto en la carne para que pueda hablarte, calmar tu corazón y sacarte de las aguas.
Lucha por estar calmado y tener fe, por creerme. Luego, échame encima todas tus cargas[3]. Confía en Mí sin reservas, y una vez que hayas hecho todo lo posible, aprende a reposar; lo mejor que puedes hacer es encomendármelo todo a Mí.
Cuando los temores te presionen por todos los flancos y no veas la salida, clama a Mí y deja que aplaque la tormenta y te lleve a Mi alcoba secreta, donde todo es serenidad. En un instante puedo colocarte sobre Mi roca, Mi cima, muy por encima de los afanes de este mundo.
Cuando humanamente no puedas más, cuando caigas derrotado ante el muro de contención de tus limitaciones y te des cuenta de lo imposible que es escapar de la celda de tu debilidad e incapacidad humana, llegarás a comprender cabalmente tus limitaciones y que para el hombre es imposible. Pero lo que parece el final de todo lo posible para ti no es el final de lo que en realidad es posible[4]. Es el punto de partida de los grandes comienzos. Es el límite, la frontera, la gran división, el punto en que terminas tú y Yo comienzo.
Lo que para ti y para tu orgullo puede parecer una gran derrota no es un fracaso total, una pérdida irremediable ni un motivo de angustia y desesperación. Es todo lo contrario, pues al otro lado de la raya que marca tu limitación es donde empiezo Yo, mar eterno de poder y posibilidad ilimitados que son tuyos en Mí.
No te desanimes ni te desconsueles por lo que te parece imposible e inalcanzable. Simplemente entiende que por fin has llegado a los límites de Mi reino, donde terminas tú y comienzan Mi poder y Mi gloria. Has llegado a la montaña santa, a la casa de tu Dios, al umbral del Rey de reyes. Has vuelto a la casa de tu Padre, y Él, que te vio venir desde lejos, corre ahora a recibirte con los brazos abiertos y lleno de alegría, sabiendo que ya no puedes más y al verte incapaz, has dejado tu camino y regresado a casa, a Él.
Allí te recogeré en Mis brazos y te llevaré a Mi reino‚ porque tus propias fuerzas son insuficientes para que llegues caminando siquiera. Allí te pondré magníficas vestiduras y organizaré un banquete, porque el que estaba perdido ha aparecido. Nada traes en las manos; solo dependes de Mi amor. Cuando descubras que no depende de ti, sino de Mí, podré levantarte. No puedes remontarte por tu propia voluntad y tus obras; únicamente si tienes la humildad de rendirte y someterte a Mí.
Un alma que ha llegado al límite de sí misma, de su resistencia y capacidad humana, en realidad es un peligro mayor para Satanás que un alma llena de confianza en sí misma. Por eso él ataca con tanta furia y poder a los contritos y abatidos y trata de hacerles perder la esperanza en la vida y que caigan en una actitud derrotista y de condenación, haciendo que se sientan verdaderamente inútiles. No quiere que vean que han llegado al punto del gran poder, el punto sagrado en que ellos paran y Yo empiezo. No quiere que descubran el poder infinito que se encuentra allí; que Mi Espíritu está listo para entrar de golpe, llenarlos y darles el poder puro de Mi presencia en ellos, que los levanta. Qué guerras se libran en los confines de Mi reino para evitar que esas almas debilitadas clamen a Mí y se echen en Mí para que las libre.
¿Por qué te maravillas de los misteriosos caminos de Dios? ¿Por qué te sorprende tanto que de aparentes derrotas saque Mis mayores victorias? ¿Por qué te confunde tanto que cuando te sientes más debilitado, totalmente derrotado, abatido e indigno de llamarte hijo Mío ves que te bendigo más? ¿Acaso no lo has leído? ¿No te han enseñado que con Dios para subir hay que bajar? ¿Que la victoria no es de los veloces? ¿Que los últimos serán los primeros? ¿Que los mayores son los que a sus propios ojos son los menos importantes‚ los que consideran a los demás más grandes y se hacen siervos de todos? ¿Has olvidado que los mansos heredarán la Tierra? ¿Que el pecador contrito y humillado entrará antes que los orgullosos y justos en sus propios ojos?[5]
Te digo, pues, que dejes de intentar en vano hacer lo que solo Yo puedo. No busques en ti mismo las soluciones, sino sal de tu mundo y entra en el Mío. Entra rápidamente en Mis atrios con alabanza y acción de gracias[6]. Alza la vista y ponla en Mis ojos‚ y recibe fuerzas para la tarea, ungimiento para el momento, solución para lo imposible.
Levántate, hijo, y canta ahora,
pues te daré la victoria.
Como una fuente en tu interior
te libraré de la prisión del dolor.
Donde no había sino pesar y melancolía
planto un huerto de fe, poder, oración y alegría.
Aunque anduviste por valle de muerte y afán mundano,
lecciones importantes te han quedado:
Que te amo, criatura;
que Mi Palabra es segura;
que tu carne es impotente,
pero conmigo todo lo puedes.
(Mi alma responde a Dios:)
Te has vuelto mi esperanza,
mi torre fuerte,
mi fortaleza,
mi refugio,
el que me levanta la cabeza,
la fuente de todo mi poder.
Cuando veo que desfallezco,
me levanto de las cenizas y vuelo.
Esto no es posible para el hombre mortal‚
pero, amor, en Ti me puedo remontar.

[1] Jonás 2:8.
[2] Salmos 91:11, Isaías 42:6.
[3] 1 Pedro 5:7.
[4] Marcos 10:27.
[5] Eclesiastés 9:11; Mateo 19:30; Proverbios 3:7; Filipenses 2:3; Mateo 23:11; Mateo 5:5; Lucas 18:9–14.
[6] Salmos 100:4.

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