Aunque casi todos hemos oído el término “buen samaritano”, ¿comprendemos exactamente quiénes eran los samaritanos y cuánto odio y desprecio les tenían los judíos? Para los judíos de la época de Jesús, la palabra “samaritano” era ni más ni menos que un insulto. (Véase S. Juan 8:48) Pero ¿por qué detestaban los judíos a los samaritanos?
En el año 720 A.C., Salmanasar, rey del Imperio Asirio, invadió Israel y llevó cautivas a la tierra de Asiria a las diez tribus del norte. Poco después, el rey mandó traer a gentes extrañas de lejanas tierras como Babilonia, Cuta, Ava, Hamat y Sefarvaim para que habitaran las ciudades del norte de Israel. Con el tiempo la región llegó a llamarse Samaria y se produjo un mestizaje entre aquellos extranjeros y los pocos judíos que allí quedaban (2Reyes 17:22-41).
Al principio estas gentes eran paganas, y a pesar de que poco a poco fueron aprendiendo a reverenciar al Dios de los judíos, no creían sino en los cinco primeros libros de Moisés. Dado que Moisés nunca hizo mención de que Jerusalén fuera una ciudad santa, los samaritanos no adoraban en el templo judío de aquella ciudad. Para ellos el monte Gerizim de Samaria era el lugar más sagrado donde se podía adorar a Dios (Deuteronomio 11:29, 27:12), y en su cima edificaron un templo. Por ser, pues, los samaritanos una raza mixta bastarda, cuyas costumbres y culto religioso diferían de los judíos, ¡éstos los consideraban inferiores y no se asociaban para nada con ellos!
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En cierta ocasión, mientras huía de sus enemigos religiosos de la tierra de Judea, Jesús decidió dirigirse hacia el norte, a Galilea, su provincia natal. La ruta más corta y directa entre Judea y Galilea era a través de Samaria. Los judíos, sin embargo, detestaban tanto a los samaritanos que en lugar de pasar por su tierra, cruzaban al otro lado del río Jordán dando un largo rodeo para no pasar por Samaria. ¡Pero Jesús dejó asombrados a Sus discípulos cuando resolvió conducirlos directamente a través de Samaria!
A fin de zafarse de sus enemigos, Jesús y Sus discípulos habían salido de madrugada y recorrido unos 50 kilómetros de terreno accidentado y desigual. Ya el sol estaba casi en su cénit y el calor del mediodía se dejaba sentir sobre aquellos hombres que andaban cansados por el camino que discurre entre el monte Gerizim y el monte Ebal. Al doblar una curva, ¡respiraron aliviados al ver nada menos que el pozo de Jacob, que el gran patriarca Jacob y sus hijos habían cavado casi 2.000 años antes!
Sedientos y agotados por los rigores del viaje, se detuvieron junto al famoso pozo, ansiosos por apagar su sed; mas no tenían cántaro con que sacar el agua que estaba a 32 metros de profundidad. Además, se les había agotado la comida. A menos de un kilómetro de allí, en el hermoso valle que forman los dos cerros, se encontraba la ciudad samaritana de Sicar (llamada Siquem en el Antiguo Testamento). En vista de ello se decidió que irían a la ciudad a procurarse comida y bebida. Pero Jesús estaba extenuado. Había dormido muy poco la noche anterior, y como escasamente había comido y bebido ese día, se sentía sin fuerzas para seguir. Fue así que sus discípulos emprendieron la marcha por el camino que conducía a la ciudad, y Jesús se sentó a descansar junto al pozo.
Al cabo de una media hora de haber partido sus discípulos, Jesús oyó los pasos de alguien que se acercaba. Al levantar la mirada, descubrió a una bella mujer vestida con una túnica larga y suelta que venía, cántaro en mano, por el camino que llevaba al pozo. Ciertos ademanes en su forma de andar y de conducirse le revelaron a Jesús que se trataba de una mujer acostumbrada a una vida más bien relajada y licenciosa. Y lo era; era el escándalo del pueblo.
Al acercarse al pozo, Mara se sorprendió de ver a aquel extraño sentado allí cerca a la sombra. Lo miró un par de veces con recelo.
–Un judío– se dijo para sus adentros. Y esperando que no la molestara, se dispuso a bajar el balde dentro del pozo.
–¿Me das de beber?– preguntó Jesús.
Sorprendida, Mara lo miró. Muy sorprendida, pues los judíos, por tradición, tenían prohibido beber de una vasija que hubiera tocado un samaritano “inmundo”, y más aún una mujer samaritana.
–¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?– le preguntó ella con cierta brusquedad.
Jesús respondió:
–Si conocieras el don de Dios, y Quién es el que te dice: “Dame de beber”, ¡tú le habrías pedido a El, y El te daría agua viva!
Mara, perpleja, sonrió y replicó:
–Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿Dónde tienes esa “agua viva”?
Con ánimo de bajarle los humos a aquel forastero judío, echó la cabeza para atrás y dijo:
–¿Acaso te crees mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?
Levantándose Jesús, se acercó al pozo y apoyó su mano sobre el borde. Dijo:
–Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, mas el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás; ¡sino que el agua que Yo le daré será en él una fuente que salte para vida eterna!
–Qué afirmación más extraordinaria –pensó Mara–. ¡Figúrate lo que sería tener interiormente una fuente de agua; nunca más tendría sed!
Sin estar del todo segura de si aquel extraño hablaba en serio, contestó:
–Señor, dame de esa agua, para que no me vuelva a dar sed y no tenga que venir siempre aquí a sacarla.
Jesús respondió:
–Primero vé y llama a tu marido, y traelo acá.
–No tengo marido –respondió afectando modestia virginal.
Jesús le dijo:
–Razón tienes cuando dices que no tienes marido. ¡La verdad es que has tenido cinco maridos, y el hombre con que ahora vives tampoco es tu marido! Lo que dijiste es bien cierto.
¡Mara quedó atónita! ¿Cómo podía aquel extraño, al que no conocía de nada, saber esos detalles de su vida íntima? ¿Cómo era posible que los supiera a menos que fuera… a menos que fuera un profeta? ¡De pronto se le ocurrió una idea! ¡El sería la persona más indicada para responder a la pregunta más polémica y discutida de la época!
–Señor, me parece que tú eres profeta –dijo.
Tras una breve pausa, la samaritana señaló el templo situado no muy lejos de allí, en la cima del monte Gerizim y continuó:
–Nuestros padres adoraron en este monte; en cambio ustedes, los judíos, dicen que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.
Jesús le contestó:
–Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. ¡Mas llegará el día –y ya llegó– cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque a tales busca el Padre que le adoren! Dios es Espíritu; y los que le adoran, ¡en espíritu y en verdad es necesario que adoren!
La respuesta dejó a Mara boquiabierta.
–¡Qué maravilla! –pensó–. ¡Ojalá fuera cierto! ¡Ojalá pudiésemos adorar a Dios interiormente en cualquier lugar! –Y siguió reflexionando:– Vaya, una cosa es preguntarle esto a un profeta; sin embargo, al que más me gustaría hacerle la pregunta sería al Salvador, ¡al Mesías!
Recostándose contra el pozo, dijo:
–Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo, el Ungido. Cuando El venga nos declarará todas las cosas.
Jesús, mirándola profundamente a los ojos, le dijo:
–¡Soy Yo, el que habla contigo!
¡Mara se sobresaltó y lo miró con ojos como platos!
–¿Será cierto?… ¿Será este hombre el Mesías, el Cristo?
¡El corazón le empezó a palpitar violentamente mientras clavaba la miraba en sus ojos profundos y penetrantes!
En ese preciso momento se vieron interrumpidos por el ruido de un grupo de hombres que se acercaban por el camino. Eran los discípulos de Jesús, que regresaban del pueblo con los brazos llenos de pan, frutas y jarras de leche. Cuando llegaron donde estaba El y comenzaron a sentarse, Mara se levantó de un salto y, abandonando su cántaro de agua, regresó corriendo al pueblo.
Jadeando y respirando con dificultad, llegó enseguida a Sicar. El mercado bullía aún de actividad y los hombres descansaban y conversaban a la sombra en las puertas de la ciudad.
–¡Vengan! –exclamó Mara emocionada, atrayéndose una muchedumbre–. ¡Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho en mi vida!
Muchos samaritanos de Sicar se reunieron en torno a ella para escuchar aquello tan asombroso que contaba. Los dejó atónitos cuando exclamó:
–¡Y además me dijo que El es el Mesías!
¡Al ver el convencimiento y el entusiasmo con que les hablaba, muchos creyeron lo que decía, que el hombre que había conocido en el pozo en efecto debía de ser el tan esperado Mesías!
Al poco rato, los discípulos de Jesús avistaron una gran muchedumbre que salía a toda prisa de la ciudad en dirección a ellos, y en medio del gentío a la mujer, que seguía hablándoles toda emocionada. Apenas llegaron al pozo donde se encontraban Jesús y Sus discípulos, le rogaron a Jesús que se quedara con ellos en su ciudad para enseñarles. Jesús consintió en permanecer allí un par de días. Los samaritanos, contentísimos, los acompañaron a Sicar y les ofrecieron la mejor comida y alojamiento que pudieron prepararles.
¡Durante dos días, Jesús estuvo enseñando en aquella ciudad, y los samaritanos escucharon con gran alegría la maravillosa y liberadora doctrina de que a los ojos de Dios no había diferencia entre judíos y samaritanos, y que el hombre debía adorar a Dios dondequiera que estuviese, no sólo en un templo material de determinado lugar! Al oír las hermosas Palabras de Verdad que les enseñaba, muchos creyeron en El, y maravillados, le comentaban a Mara:
–Ya no creemos solamente por lo que nos dijiste tú; ahora nosotros mismos le hemos oído, y sabemos que este hombre verdaderamente es el Cristo, ¡el Salvador del mundo!
El último día, cuando Jesús y Sus discípulos se disponían a proseguir su viaje a Galilea, una gran multitud se agolpó para despedirlos y regalarles alimentos y vino para el trayecto. Mara, con el corazón henchido de amor por Jesús, se abrió paso entre la muchedumbre para despedirse de él. Sonreía de felicidad, pues había entendido plenamente el significado de las Palabras que El le había dicho aquel día junto al pozo, y una fuente de agua viva manaba de su alma.

REFLEXIÓN
(1) ¡Jesús no vacilaba en quebrantar leyes religiosas y tradiciones para llevar el Amor de Dios a las almas perdidas y solitarias! No solo hizo caso omiso de las diferencias culturales, raciales y religiosas que existían entre judíos y samaritanos, ¡sino que además llegó a ver más allá del corazón pecaminoso de la mujer del pozo para descubrir un alma que anhelaba el Amor y la Salvación divinas!
(2) ¿Eran acaso los judíos mejores y más justos que los samaritanos por el simple hecho de que insistían en adorar a Dios según sus mandamientos religiosos? ¡Desde luego que no! ¡Simplemente eran más farisaicos y estaban más lejos del Reino de los Cielos! (Véase S. Mateo 15:6-9, 21:31-32, 23:1-15; S. Lucas 18:9-14.)
(3) ¡Jesús le dijo a la mujer que de haber sabido ella cuál era el don de Dios, le hubiera pedido y El le habría dado agua viva que salta para vida eterna! He aquí una de las promesas más bellas de toda la Biblia. ¡El don de Dios es la Salvación, la Vida Eterna! Romanos 6:23 dice: “La dádiva (don) de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Estas aguas vivas simbolizan no solo la Vida Eterna, sino también el divino Espíritu Santo, ¡que prometió Jesús que viviría en nuestros corazones una vez que creyésemos en el! (Véase S. Juan 7:37-39.)
(4) Como dijo Jesús, Dios no moraen templos, ni tampoco nos pide que le edifiquemos templos en señal de reverencia. “El Altísimo no habita en templos hechos de mano”. (Hechos 7:48) ¡El único motivo por el que Dios consintió en permitir que los judíos le construyesen un templo fue porque ellos se empeñaron! (2Samuel 7:1-13) Viendo, pues, que el verdadero templo de Dios no es un edificio material, ¿dónde se encuentra entonces? ¡Es el corazón del hombre! Como dice en 1Corintios 6:19: “¿Ignoras acaso que tu cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ti?” (Lee igualmente 1Reyes 8:27; 1Corintios 3:16-17, 2Corintios 6:16; Apocalipsis 3:20.)
(5) Jesús, a pesar de haber recibido una educación judía ortodoxa –los judíos creían que “su doctrina era más correcta” que la de los samaritanos–, no intentó convertir a éstos al judaísmo, ni trató de convencerlos de que adoraran a Dios en “el verdadero templo”, el de Jerusalén. ¡Con tal que creyesen en El, Jesús los aceptaba en el Reino de Dios!
¡Ojalá aceptes también tú el maravilloso regalo de Dios que es la vida eterna, y que además Su precioso espíritu de Amor llene tu corazón hasta rebosar!

ORACIÓN: ¡Te doy gracias, Jesús, por tu maravilloso Amor! ¡Ayúdame a amar y ser misericordioso con los demás, así como Tú me has amado y has sido misericordioso conmigo! En el nombre de Jesús, amén.

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