1. Hubo una época en que Jerusalén, la ciudad de David, tuvo que resistir a solas los embates de los asirios comandados por el rey Senaquerib. Todas las “ciudades fortificadas de Judá” habían sido ya tomadas por los poderosos ejércitos asirios. A esas alturas, estando la ciudad rodeada por el enemigo, parecía que había llegado el principio del fin para Jerusalén.
2. No obstante, Ezequías, rey de Judá, era un monarca muy bueno que “confiaba en el Señor Dios de Israel”. Se mantuvo muy unido al Señor, y por ello El hizo que le saliera bien todo lo que emprendió. (2Reyes 18:5,7)
3. Al ver que Senaquerib había capturado todas las ciudades de la región, a fin de evitar un ataque, el rey Ezequías envió el siguiente mensaje a Senaquerib: “Apártate de mí, y pagaré todo lo que me exijas”.
4. Lo que demandó Senaquerib no fue ninguna ganga. ¡Exigió la exorbitante suma de 300 talentos* (17.000 kilos) de plata, y unos treinta talentos (1.700 kilos) de oro! (*Un talento equivale a unos 57 kilos.)
5. Ezequías hizo todo lo que pudo para recaudar el dinero. Hasta mandó retirar los enchapados de oro de las puertas y columnas del templo. Sin embargo, al recibir su recargado tributo, el codicioso rey asirio exigió una suma mayor y advirtió que las puertas de Jerusalén debían abrirse, pues de todas formas tomaría la ciudad.
6. Así y todo, el rey Ezequías se mantuvo firme y lanzó una iniciativa. Consultó con sus oficiales y la plana mayor de su ejército sobre un plan para bloquear las aguas de unos manantiales situados en las afueras de la ciudad. Con un numeroso contingente de hombres, logró tapar los manantiales y cegar las aguas de un arroyo que corría por la zona, pues dijo: “¿Por qué han de venir los asirios y hallar abundantes aguas?”
7. Acto seguido, alzó las murallas defensivas y edificó atalayas en torno a la ciudad, y mandó fabricar gran cantidad de armas y escudos. Nombró oficiales militares sobre el pueblo y los convocó a una reunión en las puertas de la ciudad. Con gran valor, Ezequías habló para alentar a su pueblo: “Esfuércense y anímense. No teman ni se amedrenten ante el rey de Asiria, ni ante la multitud que con él viene, porque más hay con nosotros que con él. Con él está el brazo de carne, ¡mas con nosotros está el Señor nuestro Dios, para ayudarnos y pelear nuestras batallas!”
8. Esa era la mayor fortaleza de Ezequías: su fe en que Dios vendría a combatir por Su pueblo por muy fuerte que fuera el enemigo. Sabía que la asistencia que podía recibir del Cielo era muy superior a la presunta fuerza de los poderosos, por muy numerosos que fueran. Tan es así que dice que cuando hubo terminado su discurso, “el pueblo tuvo confianza en las palabras de su rey”. Sus palabras tenían fuerza porque confiaba en el Señor y en las palabras que había oído por intermedio del profeta Isaías, que vivía en Jerusalén y asesoraba al rey con mensajes divinos.
9. El primer contingente del ejército asirio no tardó en arribar. Lo dirigía un comandante, el Rabsaces, que convocó una reunión, a la cual asistieron para dialogar con él tres altos representantes de Ezequías. Las exigencias del Rabsaces fueron muy claras. Pedía en primer lugar que Ezequías no tratara de oponer resistencia y que tampoco se fuera a apoyar en una alianza con Egipto, la cual, según el Rabsaces, sería como “apoyarse en una caña cascada”. “Además –exclamó con toda arrogancia–, ¡el Señor me dijo que subiera contra este lugar y lo destruyera!”
10. Cuando los embajadores de Ezequías le imploraron que hablara en arameo para que los hombres que se hallaban apostados en la muralla de la ciudad no entendieran, el Rabsaces, en cambio, “clamó a gran voz en lengua hebrea, y habló diciendo: ‘¿Acaso alguno de los dioses de las naciones ha librado su tierra de la mano del rey de Asiria? Si pueden, ¡nómbrenme a uno! ¡No dejen que Ezequías les engañe, diciendo que deben confiar en el Señor! Más bien, salgan de su ciudad y ríndanse. Escojan antes la vida que la muerte'”.
11. Sin embargo, obedeciendo las instrucciones de Ezequías que les había dicho que no le respondieran, el pueblo prudentemente guardó silencio.
12. Al enterarse del resultado de la reunión, Ezequías acudió al templo a orar. Simultáneamente envió a sus emisarios para que informaran al profeta Isaías de lo acontecido. Isaías envió un mensaje del Señor en el que le exhortaba a no temer, ya que el Señor haría volver a su tierra al Rabsaces cuando llegasen a sus oídos ciertos rumores. Y eso fue lo que sucedió.
13. Sucedió, sin embargo, que al poco tiempo Ezequías recibió una carta maliciosa de Senaquerib, amenazándolo y hablando contra el Dios de Israel.
14. Subió entonces Ezequías al templo, y extendiendo la carta delante del Señor, oró: “Oh Señor, Dios del Cielo y de la tierra, escucha los insultos que Senaquerib ha pronunciado contra el Dios viviente. Es verdad que los asirios han destruido a muchas naciones y han derribado sus dioses, por cuanto no eran dioses, sino obra de manos de hombres, ídolos de madera y piedra. Ahora, pues, oh Señor –continuó Ezequías–, ¡sálvanos de su mano, para que sepan todos los reinos que sólo Tú, Señor, eres Dios!”
15. El Señor oyó la apremiante súplica del rey y en respuesta le envió un maravilloso mensaje a través de su profeta Isaías. Decía así: “Acerca del rey de Asiria, no entrará en esta ciudad, ni echará flecha en ella. No vendrá delante de ella ni levantará contra ella baluarte para atacarla. Yo ampararé a esta ciudad para salvarla por amor a Mí mismo, dice el Señor”. Una vez más, el Señor prometió salvar a Su pueblo, y no había pasado mucho tiempo cuando Su promesa se hizo realidad.
16. Esa noche el ángel del Señor recorrió el campamento de los asirios y mató a 185.000 hombres, de manera que cuando los israelitas se levantaron a la mañana siguiente, ¡por kilómetros y kilómetros a la redonda no vieron más que los cadáveres de sus enemigos desparramados por los montes! Las imponentes fuerzas de su peor enemigo habían sido aniquiladas por el propio Dios. Sin embargo, ni una sola “flecha fue lanzada dentro de la ciudad”, cumpliendo la profecía de Isaías.
17. En cuanto a Senaquerib, se retiró y volvió a su tierra, donde al poco tiempo sus dos hijos lo asesinaron mientras rendía culto en el templo de sus falsos dioses.
18. Con ello quedó demostrada la fe del rey Ezequías, del que se dijo que “en el Señor Dios de Israel puso su esperanza; ni después ni antes de él hubo otro como él entre todos los reyes de Judá”.
19. Pero, ¿por qué fue un rey tan noble y valiente, tan distinto de todos los anteriores que se apartaron de Dios para adorar a esos mismos ídolos que eran incapaces de librarlos del cruel y despiadado conquistador Senaquerib? La respuesta es sencilla pero segura: “Porque se aferró al Señor y no se apartó de seguirle”.
20. A diferencia de muchos monarcas perversos que tuvo Israel, Ezequías resolvió confiar en Dios y nadie más, enfrentando toda una serie de dificultades y obstáculos aparentemente insalvables, al igual que las arrogantes amenazas de un formidable enemigo. A causa de ello, Dios lo defendió y protegió sobrenaturalmente, resguardando a sus ejércitos de sus enemigos.
21. ¿Qué es lo que infunde a un dirigente –sabiendo el peso de una decisión de tal calibre– esas ganas de luchar contra la corriente y salir en defensa de la verdad y la libertad ante lo que parece ser una derrota segura? Es la fe nada más, esa fe que se aferra a Dios por medio de las Palabras de Sus profetas.
22. Fe, grandiosa fe
que las promesas hace tangibles,
se fija en Dios y en nada más,
se ríe de lo imposible
y exclama: “Sin duda que Dios lo hará”.

23. Deposita, pues, tu confianza en Dios y El te salvará y te protegerá, así tenga que obrar milagros para hacerlo. ¿Y por qué no? ¡No sería la primera vez!

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