Todos los que hemos respondido al llamamiento de Cristo de seguirlo y llevar Su luz al prójimo libramos una guerra cósmica. Luchamos juntos en defensa de nuestra fe, de la verdad y la libertad. Movidos por el amor, nos hemos comprometido a entregar la vida por nuestros hermanos de todo el mundo. Estamos empeñados en lograr que la gente humilde del mundo tenga a su alcance la posibilidad de alimentarse y vestirse adecuadamente y adquirir una vivienda digna; que pueda gozar de buena salud y trabajar en paz y libertad a fin de satisfacer sus necesidades elementales y alcanzar la felicidad. Nos hemos dedicado de lleno a lograr que todos los habitantes del planeta, sin restricciones, puedan conocer la dicha de vivir fraternalmente y en cooperación unos con otros, de tal modo que cada uno aporte conforme a sus posibilidades y reciba según su necesidad (V. Juan 15:13; 2 Corintios 8:14; Hechos 4:35; 11:29).
Los ideales comunes que perseguimos son que la humanidad se libre de la miseria, de la dominación, del dolor, del mal y del miedo. Los hombres no pueden ser felices cuando padecen hambre, viven bajo el yugo de la opresión, la tiranía y la explotación, o son víctimas de la desnutrición, la falta de salud, las enfermedades y el exceso de trabajo. No pueden conocer la alegría cuando soportan las penalidades que ocasionan interminables guerras y conflictos, y enfrentan la pesadilla de una espantosa inseguridad.
Sostenemos que la causa de todos esos males es la falta de amor de los hombres para con Dios y con el prójimo, y su insistencia en contravenir las leyes divinas de amor, fe, paz y armonía con el Creador, con la creación y con sus semejantes. Esas leyes constituyen el fundamento de nuestra fe y de la de todos los que creen profundamente en Dios y en Su amor.

A demás de saber a favor y en contra de qué luchamos, es necesario tener claro en qué plano debemos hacerlo. La nuestra no es una guerra de armas y ejércitos que combaten físicamente. No es una contienda en el plano material, en la que se enfrenten hombres, naciones o grupos étnicos. No es una guerra entre ricos y pobres ni entre socialistas y capitalistas. No se trata de un conflicto entre sistemas políticos o económicos, entre sociedades o culturas, o entre confesiones religiosas. No nos referimos a una conflagración motivada por el rencor y el odio, la saña y la venganza, que conducen a matanzas y a salvajismo, torturas, sufrimiento y muerte. No se trata de sojuzgar a un pueblo, ni de conquistar territorios, ni de adquirir bienes materiales o satisfacer la vanagloria del hombre.
Tales guerras carnales raramente han contribuido a superar conflictos o a resolver los problemas fundamentales que aquejan a la humanidad. Por lo general, solo han dado lugar a más sufrimiento, angustia, dolor, hambre, esclavitud, resentimiento y revanchas. No han hecho otra cosa que generar más luchas, tormentos, privaciones, destrucción, pérdidas, aflicción, miseria y muerte. El resultado de la inmensa mayoría de las mezquinas y execrables guerras que desatan los hombres no es más que un simple relevo del tirano de turno en el que se invierten los papeles entre opresores y oprimidos, un interminable círculo vicioso de males que enriquece aún más a un sector cada vez más reducido de privilegiados, y a la vez engrosa las filas de los pobres. Y tanto unos como otros son desgraciados e infelices con la vida que llevan, asediada por el espectro del miedo y la muerte.

La nuestra es una guerra que se libra en el plano espiritual, por medio de la fe y el amor, y tiene por objetivo conquistar el corazón y el espíritu de los hombres, influir en sus ideas y salvar tanto su alma como su cuerpo. Combatimos por liberarlos de la maldad que se adueña de su espíritu, de su corazón y de su mente, y los induce a ser egoístas, desconsiderados, ofensivos, crueles y perversos con sus congéneres. La inhumanidad de los hombres para con sus semejantes tiene raíz en su ignorancia de los caminos que conducen a la felicidad. No conocer bien el amor, la fe y el poder de Dios, así como los principios espirituales que Él amorosamente ha instituido para que alcancemos la dicha eterna.
Lidiamos en esta contienda a fin de romper las cadenas de iniquidad y el yugo del Diablo que esclavizan el alma, la mente, el corazón y el espíritu de los hombres, y que son la causa de que nos hayan sobrevenido todas las desgracias que enfrentamos hoy en día. Se trata de una guerra cósmica, una guerra entre dos mundos. Una guerra entre el bien y el mal, entre Dios y el Diablo, la rectitud y la vileza, lo mundano y lo espiritual, ángeles y demonios. Un enfrentamiento entre el amor y el odio, la vida y la muerte, la alegría y la desdicha. Nos referimos a un conflicto universal en el que las fuerzas celestiales defensoras del bien se oponen a las fuerzas espirituales del Infierno, que luchan por nuestro cuerpo y nuestra alma, tanto en el plano terrenal como en la dimensión espiritual.
Por tanto, es menester que, además de defender nuestros derechos humanos, libremos esta guerra espiritual -de mucha mayor trascendencia que cualquier otra- con armas mucho más eficaces como son la fe, el amor y la piedad, acompañadas de palabras y actos de bondad. Para liberar a los hombres del temor es necesario infundirles fe; para librarlos del odio hay que manifestarles amor; para aliviar su angustia es preciso brindarles alegría; para librarlos de la guerra debemos forjar la paz; para sacarlos de la miseria hay que satisfacer plenamente sus necesidades; para salvarlos de la muerte tenemos que indicarles el camino que conduce a la dicha eterna en el Cielo.

La espada vence, la palabra convence. Nuestra guerra se libra con palabras e ideas capaces de encender en los hombres la llama de la fe y la esperanza. Aspiramos a colmarlos de alegría, de paz y de amor, a fin de que su espíritu sea libre. Asimismo, nos proponemos liberarlos del dolor físico con actos de amor y de bondad. Debemos, por tanto, librar una guerra de palabras contra las ideas del mal, una guerra de fe contra el temor y de esperanza contra la duda. Es vital que inspiremos a los hombres a creer en Dios y en Su amor, y que Él ha concebido un plan para llevar al hombre hacia un futuro glorioso, cuando se instaure el Reino de Dios en la Tierra, en el que gobernarán los justos y ya no habrá pesar, ni llanto, ni dolor, ni muerte. Todo será luz y vida, y habrá paz, felicidad y abundancia para todos.
Es necesario enseñar a la gente las amorosas y vivificantes Palabras que Dios mismo nos legó en Su libro sagrado, la Biblia, por medio de Sus santos profetas, a fin de que la humanidad alcance la vida, la dicha y el amor eternos que Dios ofrece. Imperios poderosos construidos a punta de espada desaparecieron con el mismo ímpetu con que aparecieron. En cambio, las divinas Palabras de vida y amor permanecen para siempre y no han dejado de ser fuente de gozo, paz, amor, vida y esperanza para miles de millones de personas generación tras generación. Grandes conquistadores como Alejandro Magno, César, Gengis Kan, Napoleón y Hitler han quedado relegados al pasado. Sin embargo, las ideas, la fe y las palabras de los profetas de Dios son imperecederas.
Trascienden las fronteras. Se extienden por todas las naciones, razas e imperios. No conocen límites de tiempo ni de espacio. No han podido ser reprimidas por personas, por guerras ni por el poder de las armas. Engloban a la humanidad entera, y unen los pensamientos, el corazón y el espíritu de los hombres en la fe y el amor a Dios y al prójimo, para bien de todos.
Los filósofos, maestros, profetas y siervos de Dios en raras ocasiones han dirigido imperios. No obstante, han ganado a multitudes de personas a su causa por medio de sus palabras, su fe y sus ideas, que cautivaron corazones, conciencias y espíritus liberándolos para siempre. Los seguidores de Dios desde el principio del mundo se cuentan por miles de millones, y a diferencia de los efímeros imperios terrenales, que subyugan por la espada, el Reino eterno de Dios conquista los espíritus inmortales de los hombres.

No se puede obligar a nadie a hacer el bien. No se puede imponer la moralidad a fuerza de leyes. Para impulsar al hombre a obrar limpiamente y a abstenerse del mal por iniciativa propia es necesario persuadirlo, ganar su corazón, iluminar su espíritu y salvar su alma. Para conquistar de veras el amor de una mujer, de nada vale forzarla. Hay que cortejarla. No es posible cambiar el mundo de los hombres sin cambiar su manera de pensar. Para eso es imperativo transformar su corazón, lo cual sólo es viable mediante la inspiración del Espíritu de Dios, que no sólo salva el cuerpo, sino también el alma.
Debemos empeñarnos en la salvación integral de los hombres, no solamente de su cuerpo y de su medio ambiente. Nunca podrán ser felices teniendo el corazón amargado, los pensamientos turbados, el espíritu abatido y el alma desprovista de salvación. Tenemos que consagrarnos a la tarea de salvar a los hombres en su totalidad, no en forma parcial. Es necesario bregar por la salvación de la humanidad entera, no sólo de una parte de ella. Esa salvación debe ser eterna y no circunscribirse a la existencia actual.
Sólo el poder, la vida, la luz, el amor y las palabras de Dios pueden lograr ese objetivo. Debemos valernos de cuanto medio haya disponible en el mundo para comunicar esas palabras a toda persona. Debemos hacer llegar a los ojos y pensamientos de todos los hombres en todo lugar los preceptos de Dios, Su esperanza, fe y amor, y los designios que ha determinado para Sus criaturas, a fin de que se transformen todos los corazones, se eleven todos los espíritus y se salven todas las almas, así como los cuerpos que las componen, para que convivan en unidad y armonía para siempre.
Es imprescindible que tengamos por objetivo la salvación universal de la humanidad, no sólo la de nuestra nación. No podemos limitarnos a resolver las nimias cuestiones temporales, los afanes de esta vida, las dificultades de nuestro ámbito o los conflictos de un determinado pueblo, nación, raza, cultura, religión, ideología, filosofía política o sistema económico.
Para que todos los hombres alcancen la felicidad, la salvación no puede exceptuar a nadie; debe abarcar a la humanidad entera. Aunque las noventa y nueve ovejas estaban en el redil, el pastor no se conformó hasta que hubo hallado y rescatado a la perdida. La grey no estaba completa. El pastor no podía descansar mientras una de ellas estuviera sufriendo por su descarrío (V. Mateo 18:12-14; Lucas 15:3-7; Juan 10:1-16 ).
Es preciso que busquemos a todas las ovejas perdidas del Buen Pastor, a fin de transmitirles las palabras de amor, vida y fe. Hay que traerlas a todas al redil, de manera que sean por la eternidad un solo rebaño con un solo Pastor.
Tenemos la obligación de llevar el mensaje a todos, aunque no todos lo escuchen ni respondan ni acepten la salvación. Debemos a todo hombre el mensaje de Dios y la vida de amor que Él quiere dar, pero sobre todo a los que se muestren dispuestos a creerlo y aceptarlo. Dios únicamente sacia al alma hambrienta; a los que creen no tener necesidad de Él ni de una transformación los envía vacíos (V. Lucas 1:53). No tiene sentido perder el tiempo discutiendo con los que se niegan a reconocer la verdad. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Debemos empezar hoy mismo a saciar a los hambrientos, a dar vista a los que ansían luz y amor a los abandonados.

Si Dios está de nuestra parte, nadie podrá hacer-nos frente, por mucho poder que ostente o por muchos que sean sus seguidores. Confía en Dios. «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros (Romanos 8:31)?» ¿Quién podrá detener al que hace el bien? Ninguno podrá resistirse al poder de Dios en ti ni a Sus huestes celestiales si Dios está a tu favor y tú a favor Suyo, y estás obrando conforme a Su voluntad (V. Hechos 5:38-39).
Libramos una lucha sin cuartel, y la victoria es nuestra. Alabado sea Dios. Puede que perdamos algunas batallas, pero estamos ganando la guerra, y muy pronto estableceremos el Reino de Dios en la tierra. No te des por vencido. No desmayes, no pierdas la fe, ten ánimo. No podemos fracasar. Tenemos la victoria asegurada, porque Dios está con nosotros y porque luchamos por una causa justa y santa, basada en la fe y el amor a Dios y al prójimo. El amor es infalible, porque «Dios es amor» (1 Juan 4:8).
Jesús dijo que el cielo y la tierra pasarán, pero las Palabras de Dios no pasarán (V. Mateo 24:35). Para siempre permanecen en los Cielos, y nadie podrá desmentirlas u oponerse perpetuamente a ellas. Invócalas y divúlgalas, junto con el amor de Dios, tanto de palabra como de hecho. Aprovecha para ello todos los medios que tengas a tu alcance, y así brindarás a los demás luz, esperanza, amor, paz, abundancia, satisfacción y felicidad celestial para siempre.
No es de necios dar una vida pasajera por un amor imperecedero.

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