Cuando Jesús subió al monte, dejó atrás las multitudes. «Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a Él Sus discípulos» (Mateo 5:1). Los picos de las montañas nunca son muy concurridos. He subido a muchas montañas y casi siempre lo hice solo. ¿Por qué? Porque cuesta mucho esfuerzo. No hay mucha gente a la que le guste escalar. Es una actividad solitaria y hay que dejarlo todo atrás. Generalmente se sufren muchos rasguños y golpes. Hasta le puede costar a uno la vida.
En la cumbre hay más luz. Mucho después que ha anochecido en el valle, desde los montes todavía se ve el sol. El valle casi siempre está en sombras, lleno de gente y de cosas, pero normalmente oscuro. En las alturas hace frío y viento, pero es emocionante.
Para escalar una montaña hay que tener la convicción de que realmente vale la pena arriesgar la vida por ello. Cualquier montaña… la montaña de esta vida, la montaña de los triunfos, la montaña de los obstáculos, de las dificultades. Antes de empezar el ascenso hay que tener la sensación de que vale la pena morir por ello y arrostrar el viento, el frío y las tormentas, que representan las adversidades. Pero a solas en la cumbre uno se siente muy cerca del Señor. Allí, la voz de Su Espíritu se oye tan fuerte que casi resulta atronadora. En el valle, en cambio, la voz de la multitud retumba tanto que no se oye la voz de Dios. El silencio que reina en la cima es ensordecedor. Uno se siente verdaderamente transportado. Es estremecedor. Casi escalofriante.
Desde luego, escalar es sumamente peligroso. Nunca se está tan cerca del abismo como cuando se tiene el pie en el borde. Basta un paso en falso para ir a parar al fondo. En el montañismo ocurre algo curioso: la ascensión resulta mucho más fácil que el descenso. Los que consiguen coronar la cima, quizá nunca logren volver. Ese es uno de los riesgos que se corren al escalar. La mayoría de los escaladores que mueren se accidentan en la bajada, ya que cuando uno sube, ve a dónde va; pero no cuando baja.
Allá arriba se tiene una sensación muy peculiar: no se quiere abandonar el monte. No hay inspiración en el descenso. En cambio, en la subida uno siente un impulso, casi una inspiración espiritual. Arriesgaría cualquier cosa. Al descender es lo contrario. No se siente ninguna inspiración, no se persigue ninguna meta, no se logrará nada. Uno sólo se deja arrastrar otra vez al pantano de la humanidad, al fango de la multitud.

Los únicos que escalan montañas son los pioneros, los que quieren hacer algo que nadie ha logrado nunca, los que desean sobresalir de la multitud, superar lo ya realizado o alcanzado. Los pioneros deben tener horizontes, para ver lo que nadie más ve; fe, para creer lo que nadie más cree; iniciativa, para ser los primeros en intentarlo; y valor, agallas para luchar hasta conseguirlo.
Los que están en la cima son los primeros en ver el amanecer y los últimos en contemplar la puesta del sol. Divisan el círculo completo de la gloriosa creación de Dios, los 360 grados del horizonte, lo abarcan todo. Es como ver la vida entera de principio a fin, y entenderla.
Da la impresión de que se vive en la eternidad, mientras que abajo viven en la dimensión del tiempo. En la sierra se ve el mundo con la debida perspectiva, cadenas de cumbres que conquistar, todo un mundo que se extiende más allá del horizonte del hombre corriente, que desde su perspectiva él no alcanza a ver. Se divisan picos que aún no han sido escalados y lejanos valles inexplorados. Se aprecian paisajes que los habitantes de los valles no ven nunca y que ni siquiera comprenden.
En el valle, uno se enreda tanto con la multitud y con la farsa del materialismo que no ve nada más que el tiempo, creaciones temporales y cosas temporales, las cuales pronto pasarán. En cambio, si levanta la cabeza por encima de los que lo rodean, él mismo se convierte en un monte en medio de ellos. Los demás se resienten contra él, lo resisten y lo combaten, porque no lo entienden ni lo aceptan. No quieren ni saber que existen montes. No quieren que otras personas se enteren de que hay montañas ni que respiren siquiera por un instante el aire puro del monte cristalino. Las quieren mantener encerradas, empantanadas en el fango de los valles.
Cuando los demás notan que uno está en un monte mientras que ellos siguen en el valle, le toman odio. Se hace evidente que él se ha elevado sobre ellos, y no quieren que nadie descuelle. Lo quieren mantener atascado en el lodo igual que todos ellos. No quieren que se sepa que existe otro lugar y que se puede salir del valle. Hacen todo lo posible por disuadirlo a uno de subir.

Has observado que desde tiempos inmemoriales se han librado guerras entre los pueblos que vivían en los valles y los que habitaban las montañas? Es histórico. Aunque menos numerosos, los montañeses siempre han sido más robustos. Sobrevivieron porque siempre podían huir a sus montañas. Los del valle no los seguían, pues estaban desprovistos de la fortaleza y resistencia necesarias para ello. Los perseguían un poco monte arriba y luego los dejaban escapar. Lo único que les interesaba era quitárselos de encima. Los montañeses eran espinas en su carne y aguijones en su costado, por cuanto demostraban que era factible vivir fuera del valle, lo cual era imposible según la gente del valle. La Historia abunda en casos en que un pueblo montañés conquistó a un pueblo del valle, pero rara vez sucedió lo contrario.
Así y todo, para los montañeses el gran riesgo ha sido siempre que, tras haber conquistado a los pueblos del valle, ellos mismos se asentaban en éste. El mayor peligro se presenta cuando se hace la paz con el valle, cuando ya no resulta arriesgado bajar. La mayor amenaza es precisamente la sensación de seguridad. Así se pierde la independencia de la montaña, la indómita libertad de la montaña.
El valle es territorio del hombre. Las alturas son territorio de Dios. En el valle domina el hombre. En la montaña sólo Dios domina, y los montañeses lo saben. Por el contrario, los que viven en los valles se creen dioses, porque se gobiernan a sí mismos. Los habitantes de los valles se encuentran protegidos y seguros y creen que no tienen necesidad de Dios. Como ya no pueden ver el cielo se han olvidado de que existe Dios. Los montañeses, por su parte, experimentan cosas tan sobrecogedoras y peligrosas que no tienen más remedio que vivir cerca de Dios.
El camino es arduo y difícil, la carga es pesada y penosa de llevar, y las personas que uno se encuentra en el ascenso no siempre son amables. Pero abajo en el valle son peores todavía. En la montaña no hay muchos sitios donde vivir; sólo refugios toscos y cobertizos. Escasea la comida. Hace frío y viento. Sin embargo, hasta morir en ella es emocionante. Vale más morir en la montaña que vivir en el valle. Los periódicos nunca dan la noticia de alguien que se resbala y se cae en la calle, en la ciudad. En cambio, cuando alguien muere en la montaña, así haya ocurrido en un país lejano, la noticia se publica, porque al menos se atrevió a intentarlo.

Josué y Caleb, dos hebreos del Antiguo Testamento que exploraron la Tierra Prometida, fueron verdaderos adelantados, verdaderos montañeses. Cuando los demás manifestaron temor ante los peligros y dificultades que se les presentaban, Caleb prácticamente dijo: «Los incrédulos se pueden quedar con el valle. Yo tomaré la montaña (V. Números 13:30).» Él seguía siendo un luchador, un pionero. Él y Josué fueron los únicos de toda la generación mayor que sobrevivieron a los cuarenta años en el desierto con Moisés, y Dios les permitió entrar en la Tierra Prometida y disfrutar de ella.
Los caminos trillados son para hombres vencidos, pero las cumbres son para los emprendedores valientes.

Los que se deciden a subir la montaña dejan atrás las multitudes. La Biblia dice que cuando Jesús subió al monte, sólo Sus discípulos se le acercaron (Mateo 5:1). Ellos fueron los únicos que tuvieron el privilegio de oír el sermón más famoso del mundo. Los únicos que oyeron realmente palabras del Cielo aquel día fueron los que dejaron las multitudes y subieron al monte, los que siguieron a Jesús hasta el final.
Me pregunto si hubo muchos que intentaron seguirles un rato y al final se quedaron atrás, cansados y jadeando. No me extrañaría que hubiera servido para eliminar a todos los que no querían más que los panes y los peces (V. Mateo 14:14-21), los que pensaban: «A ver qué saco yo de esto». El precio era muy alto. «Yo no voy a ganar nada trepando esta montaña tan elevada con esos chalados. A fin de cuentas, son unos fanáticos. Si no, no harían esto. ¡Qué estúpidos! ¿No saben que nadie la ha escalado antes? ¿No saben que no se puede? ¿Para qué vamos a jugarnos la vida escalando ese cerro, aunque lleguemos a presenciar un milagro o a recibir otro sandwich de pescado? No vale la pena fatigarnos subiendo. Sentémonos aquí a esperar y ver si consiguen volver. Nos quedaremos aquí descansando tranquilamente mientras ellos suben. Primero veamos si se puede hacer.»
La verdad es que pocas veces se oye hablar de los que esperan a ver si algo es realizable. Los que hacen noticia son los que lo consiguen o mueren en el intento. Pero cuando alcances la cima, oirás la voz de Dios. Él te hablará cara a cara. Él mismo te enseñará y te revelará Sus más grandes secretos.

Qué se oye, entonces, en la montaña? Cosas que harán eco en todo el mundo. ¿Qué se percibe en la quietud? Susurros que alterarán el curso de la Historia. Las leyes más relevantes que ha recibido la humanidad, por las cuales se rige aún la mayoría del mundo civilizado, fueron entregadas a un hombre solitario en la cima de una montaña. Luego de que Moisés descendiera de aquellas cumbres con los Diez Mandamientos, ni la nación hebrea ni el resto del mundo volvieron a ser los mismos.
El sermón más aclamado de la Historia, el de las bienaventuranzas, lo predicó a un puñado de hombres de montaña el más ilustre montañero de todos, Jesús, quien finalmente coronó solo Su última montaña -el Monte Calvario, el Gólgota-, para morir por los pecados del mundo. Ese fue un monte que sólo Él podía escalar por todos nosotros… pero lo logró.
Después de oír el sermón del monte, los discípulos de Jesús descendieron y transformaron el mundo. No volvieron a ser los mismos. ¿Qué los cambió a ellos que a la postre cambió el mundo? Que oyeron la voz de Dios comunicándoles verdades diametralmente opuestas a lo que se pensaba en el valle.
En la montaña justamente Jesús decía: «Bienaventurados los pobres en Espíritu [los humildes], porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mateo 5:3). Unos sencillos pescadores incultos escucharon de la boca de un carpintero enseñanzas que los harían mayores gobernantes que los césares, de un imperio más formidable que Roma. «Bienaventurados los pobres en espíritu -Sus pobres discípulos, ignorantes e incultos-, porque de ellos es el Reino» que regirá el universo.
En el valle proclamaban lo contrario: «Bienaventurados los romanos -los orgullosos, altivos y poderosos-. Hay que ver lo que han logrado. Han conquistado el mundo. Conviene ser romano.» Mientras que de Jesús y Sus seguidores pensaban: «¿Con qué derecho se meten en nuestro valle a contarnos lo que dicen en la montaña. No tenemos otro rey que César. ¡Cómo se atreven a decirnos que hay otro soberano! ¡Fuera! No tenemos otro rey que el César (V. Juan 19:15).» Y cuando martirizaron a los seguidores de Cristo, lo único que consiguieron fue ascenderlos al Reino de los Cielos, reino que un día hará desaparecer a los reinos de este mundo (V. Daniel 2:44).
«Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación (Mateo 5:4).» ¿Bienaventurado llorar? ¿Es más bienaventurado pasar desdichas? Sí, porque se recibirá consolación. En el valle dicen: «Es más bienaventurado regocijarse, estar alegre y hacer fiesta. Nos la pasaremos en grande ahora. ¡Cómo se atreven a venirnos con advertencias de que tenemos que cambiar!» No obstante, tú -el montañés- serás consolado, y ellos condenados.
«Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad (Mateo 5:5).» Los que no se defienden con violencia y están dispuestos a dar la vida por el Evangelio, ganarán la batalla más importante de todas: la que determinará el futuro del mundo. Los que tengan que ir a la cárcel por su fe, poner la otra mejilla y sufrir persecución serán los que rijan el otro mundo, el venidero (V. 2 Timoteo 2:12). Los pobres en espíritu son gente de la montaña. Los que lloran habitan en la montaña. Los mansos son de las montañas.
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados (Mateo 5:6).» La gente de la montaña tiene un hambre y una sed de la verdad que sólo Dios puede saciar. Los de abajo, del valle, no ven más allá de sus narices. Son individuos satisfechos de sí mismos. Están llenos. Y el Señor los envía de vuelta vacíos (V. Lucas 1:53).
«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mateo 5:7).» Los misericordiosos son montañeses. Por ejemplo, en el valle casi no se ve ningún perro San Bernardo. Es una de las razas más famosas del mundo, y son perros de montaña. Rescatan y manifiestan misericordia a los montañeros. De ahí que alcancen misericordia, gloria y fama.
«Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios (Mateo 5:8).» La nieve derretida es el agua más pura del mundo. «Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana (Isaías 1:18)». Los de limpio corazón. El rey David no siempre fue puro; sin embargo, como amaba al Señor, se sabía pecador y se acogía el perdón divino, alcanzó misericordia. A pesar de los pecados y errores que cometió, agradó a Dios (Hechos 13:22). Tenía el corazón limpio. En la montaña no hay contaminación. Tanto el agua como el aire son puros. La gente es limpia de corazón. Ve a Dios.
«Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mateo 5:9).» Los que hacen la paz ¿con quién? ¿Con los enemigos? ¿Cómo va uno a hacer eso? ¿Cómo vas a estar en paz con el valle si el valle se niega a estar en paz contigo? Vienes a hacer la paz y a pregonar la paz, pero, ¿qué pasa? Ellos quieren guerra. No se puede hacer la paz con los que quieren guerra (V. Salmo 120:7).
¿Con quién se puede hacer la paz? Con Dios y con los pacificadores, con los que desean paz. Cuando Jesús nació, los ángeles cantaron: «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» (V. Lucas 2:14). No «buena voluntad para con los hombres», sino como dicen algunas versiones de la Biblia, «a los hombres de buena voluntad». ¿Cómo se va a estar en paz con los de mala voluntad? Es imposible. Rara vez hay paz entre los de la montaña y los del valle, porque no hay el menor asomo de entendimiento entre unos y otros. Lo único que pueden hacer los de la montaña es conquistar a los del valle. Y la vía más fácil es dejar que se pudran en su propia iniquidad, que se vuelvan débiles y perezosos, obesos, enfermos en su pecado. Así dejan de ser rivales de peso para los montañeses. La Historia lo ha confirmado a lo largo de miles de años. Los de las montañas siempre conquistan a los del valle.
«Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia…» (Mateo 5:10a.) Descienden de la montaña y ofrecen la paz de la montaña a los que están en el valle. Pero éstos los atropellan, los encarcelan y los crucifican. Así y todo, los perseguidos son bienaventurados. Más bienaventurado es ser acosado, encarcelado y crucificado sabiendo que se es de la montaña, que se vive la verdad y que se tiene razón, que vivir una mentira en el valle, una vida de ocio y seguridad.
Te persiguen porque eres justo, porque tienes la razón, y ellos no soportan la verdad. Los del valle llevan tanto tiempo sumidos en la oscuridad que la luz los ciega. No soportan descubrir que tú estás en lo cierto y ellos equivocados. No quieren quedar en evidencia.
«…Porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mateo 5:10b).» Terminamos donde empezamos. Los que padecen persecución son precisamente los pobres en espíritu, y al final, tanto unos como otros heredan el Reino de los Cielos.
«Bienaventurados sois cuando por Mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo (Mateo 5:11).» Los del valle dicen: «Están trastornando nuestra falsa sensación de seguridad, perturbando nuestra paz». En realidad lo que se quiere hacer es darles paz, pero eso trastorna su confusión. Lo que pasa es que para ellos la confusión es paz. Esa es la paz que ellos entienden. Detestan que les lleven paz verdadera, por cuanto deja patente que la suya no es tal. Por eso falsean, engañan y dicen toda clase de mal contra nosotros mintiendo.
Mas «gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los Cielos…» (Mateo 5:12.) No siempre en este mundo. Claro que si se goza de la paz y la alegría que brinda el Señor, se vive en la gloria y se recibe buena parte de ese galardón ahora mismo. Espiritualmente ya se está en la gloria. Jesús dijo: «El Reino de los Cielos está dentro de vosotros» (Lucas 17:21). Grande es, pues, ese galardón del Cielo en nuestro corazón, y grande será nuestro galardón en el Cielo por venir.
«…Porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros (Mateo 5:12a).» O sea, «a esos que fueron profetas igual que vosotros». Jesús enseñó a Sus seguidores que ellos también eran profetas. Al recibir persecución por profetizar se alcanza categoría de profeta, y «vuestro galardón es grande en los Cielos» (Mateo 5:12b).
«Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres (Mateo 5:13).» Algunos adeptos de las grandes iglesias tradicionales se consideran la sal de la tierra. El libro de los Hechos de los Apóstoles relata que hubo una época, en los albores de la Iglesia, cuando los cristianos eran perseguidos, detenidos y crucificados. Ellos sí que eran la sal de la tierra. Pero hoy en día la mayoría de esos montañeses han bajado a vivir en el valle y se han desvanecido, han perdido su sabor.

Entonces, ¿qué compromiso asumirás tú? ¿Dirás lo mismo que Caleb y Josué: «Yo tomaré la montaña»?, ¿o prefieres vivir en el lujo y la opulencia del valle con sus momias, que llegaron hasta cierto punto y no quisieron ir más lejos?
¿Qué países del mundo han permanecido libres por más tiempo? Suiza -enclavada en los Alpes-, Afganistán -situado en la cordillera del Hindu Kush- y Nepal -en las cumbres del Himalaya-. Otras civilizaciones han dejado de existir, pero ésas todavía perduran. No serán pueblos muy numerosos, de gran poder y prestigio; sin embargo, todavía existen.
En las Escrituras, el poder y la grandeza vienen representados por montañas, nunca por valles. Dios compara Su Reino con un monte que cobra tal magnitud que llena toda la tierra (V. Daniel 2:35,44). Dice que la casa del Señor es como una montaña, a la cual acudirá el mundo entero para adorar a Dios, y que de ella saldrá Su Palabra (V. Isaías 2:2).
«El Señor es mi pastor, nada me faltará; en lugares de delicados pastos me hará descansar, junto a aguas de reposo me pastoreará (Salmo 23:1,2).» ¿Dónde te imaginas esos pastos? Yo siempre los he visualizado como praderas cordilleranas, con apacibles lagunas de aguas cristalinas. «Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de Su nombre (Salmo 23:3).» ¿Cómo es Su senda? Es un sendero de montaña, estrecho y escarpado. «Aunque ande en valle de sombra de muerte… (Salmo 23:4.)» En el valle hay muerte. La vida está en la montaña. Sal del valle. Escapa al monte cual ave (Salmo 11:1).

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