Cuando tenía 17 años Dwigth Moody dejó la humilde granja de su madre viuda para abrirse paso por su cuenta en la gran ciudad de Boston, donde empezó a trabajar como dependiente en la zapatería de su tío. Corría el año de 1854. Cierto día, se produjo el acontecimiento más importante de su vida:
Charles Varley, un cristiano de gran dedicación que había conocido al joven Dwight apenas llegado éste a la ciudad, sintió que era necesario testificarle y hacerle saber acerca de Jesús y del plan de Dios para alcanzar la Salvación. Varley se acercó a la zapatería donde trabajaba Moody, y mientras éste envolvía zapatos en la trastienda, le reveló la manera de aceptar a Jesús como su Salvador. Moody escuchó con la mayor atención y de inmediato hizo una oración con él aceptando a Jesús.
Poco tiempo después, Varley enfrentó a su nuevo converso con el siguiente reto: “Escúchame bien, Dwight. ¡No hay límites para lo que Dios puede hacer con un hombre que se le someta y se muestre dispuesto a cumplir Su voluntad!” Moody lo miró a los ojos y respondió: “¡Por la gracia de Dios, Charles, estoy determinado a convertirme en un hombre así!” ¡Y sí que lo estaba! Poco después se desplazó a Chicago, donde empezó a predicar el Evangelio y a testificar, y fue tan grande la emoción que experimentó al convertir a otras personas a Jesús, ¡que renunció a su trabajo en la zapatería y se dedicó a servir al Señor de forma plena! ¡Siguió su labor hasta convertirse en uno de los mayores evangelistas del mundo, convirtiendo a Cristo a miles de almas inmortales!
¿Pero qué habría sucedido si Moody no hubiese tenido esa determinación de someterse al Señor? ¡Cuánto se habría perdido, no sólo en cuanto a él mismo, sino respecto de los millones de personas que conocieron el Evangelio por intermedio de su ministerio! Pues bien, eso mismo se aplica a cada uno de nosotros: ¡si no nos mostramos sumisos y prestos a aceptar la voluntad de Dios en nuestras vidas, dispuestos a hacer todo lo que El nos pida, jamás llegaremos a ser lo que Dios espera de nosotros! Y si no somos como Dios quiere que seamos, nunca lograremos lo que El quiere que logremos. Lo cual sería muy lamentable, no solo por nosotros, personalmente, sino por toda la gente a la que el Señor quiere que de algún modo ayudemos o llevemos Su amor.
Naturalmente, alguien podría decir: “¡Pero yo nunca podría hacer por el Señor nada tan grandioso como lo que hizo Moody! ¡No soy ningún gran evangelista ni conquistador de almas!” ¡Claro, pero tampoco lo era Moody en sus comienzos! El era un simple niño campesino, un estudiante mediocre que se aburrió de la vida de campo y se marchó a la gran ciudad. Luego de unas cuantas semanas en la ciudad se trazó un objetivo: convertirse en un próspero comerciante y reunir una fortuna de cien mil dólares. ¡Consagrar su vida al servicio de Dios era algo que ni se le había cruzado por la mente!
Pero cuando aceptó a Jesús como Salvador, y supo cuánto se había sacrificado el Señor por él, se decidió a entregarle su vida. Es posible que te preguntes: “¿Cómo puedo entregarle mi vida a Jesús?” El primer paso es estar seguro de haberlo aceptado y haberle pedido que viva en tu corazón. Después, debes someterte a Él, y como dice en la Biblia, “acércate a Dios, y El se acercará a ti” (Santiago 4:8). Esa ha sido la gran clave del éxito para todas las personas que han descollado en el servicio a Dios: acercarse íntimamente a Dios y apoyarse únicamente en El, en Su poder y en Su Palabra para hallar orientación, fortaleza e inspiración.
La Palabra de Dios nos dice: “Presenta tu cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es tu servicio razonable. Y no te conformes a este mundo, sino transfórmate por medio de la renovación de tu entendimiento. ¡Entonces sabrás cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta!” ¡Cuando nos sujetamos de verdad al Señor y nos sometemos por completo a Él, sirviéndole, entonces descubrimos cuál es la voluntad que El tiene en cuanto a nuestra vida!
¡A pesar de todas nuestras faltas, debilidades e incapacidad, realmente no hay límites a lo que Dios puede hacer con nosotros si sencillamente ponemos nuestra vida en Sus manos y nos mostramos dispuestos a convertirnos en la persona que El quiere! Claro que todo depende de eso, pues todos somos libres de escoger y podemos elegir entre sujetarnos a Él y “buscar primeramente el Reino de Dios y Su justicia” (Mateo 6:33), o atender primero nuestros deseos personales, nuestros propios planes y nuestra propia manera de hacer las cosas. La elección depende de nosotros, y que recibamos Su total bendición y Su ayuda dependerá de que estemos dispuestos o no a otorgarle el primer lugar de nuestras vidas.
Algo que muchos no parecen entender es que cuando la Biblia habla de “buscar primeramente el Reino de Dios” no se refiere exclusivamente al aspecto “religioso” de nuestra vida. El Señor se refiere a toda nuestra vida, a nuestro futuro, a nuestros planes, a lo que efectivamente hacemos con nosotros mismos. No es suficiente que digamos: “Ya sé, Señor, que quieres que me someta a Ti, así que dedicaré un rato cada día a leer un poco Tu Palabra y a orar. Sin embargo, Señor, tengo que seguir adelante con mis planes para hacer esto y lo otro con mi carrera, o para hacer esto o lo otro con mi futuro”, o lo que sea.
Consagrar nuestra vida al Señor –presentarnos de verdad como un sacrificio vivo sobre Su altar– quiere decir poner nuestra voluntad, nuestros planes, nuestro futuro, nuestros deseos, nuestras ambiciones, todo, completamente en las manos del Señor. Sabemos que el Suyo es un Reino de almas, y que El quiere que “prediquemos el evangelio a toda criatura” para llevarle tantas almas como podamos (Marcos 16:15). Estar, pues, sometidos a Su voluntad, es estar dispuesto a hacer lo que sea necesario para llegar a otras personas con Su Palabra y Su amor. Entregarnos a El de ese modo, dice el Señor, es nuestro “servicio razonable”. Es lo menos que podemos hacer por Jesús, teniendo en cuenta todo lo que El hizo por nosotros (Romanos 12:1).
¿Estás, pues, dispuesto, no a presentarle tu plan a Dios para que lo apruebe; más aún, ni siquiera a que Dios te presente el Suyo para que tú lo apruebes, sino más bien, a firmar una hoja en blanco y dejar que Dios la llene sin que sepas en qué va a consistir Su plan? Medítalo bien. ¿Estás dispuesto, con sinceridad y honestidad, a entregarle tu vida y hacer todo lo que El te pida?¡De ser así, Dios tiene reservado para ti un futuro maravilloso y glorioso!
¡Que no te quepa duda de que en cuanto le sometas tu vida a Dios, El te bendecirá y obrará a través de ti lo más que pueda! Naturalmente, no todo el mundo está llamado a convertirse en un Dwight Moody, o un san Pablo, pero Dios tiene para cada uno de nosotros un lugar y un llamamiento especiales en Su Reino. Una lectura atenta de los Evangelios revela que Dios llama a cada uno de manera diferente. Jesús y los discípulos que lo seguían a todas partes tuvieron muchos amigos que no siempre dejaron sus actividades o profesiones, tal vez porque podían serles más útiles al Señor en su trabajo y desde sus posiciones de influencia.
Ser uno de los discípulos consagrados de Jesús es un privilegio y un llamamiento muy especial. Jesús solo tuvo de 12 a 70 discípulos que lo seguían a todo lugar y que estaban siempre con El. ¡Pero hubo también varios miles más que aceptaron Sus palabras, que las creyeron y las difundieron, que fueron amigos importantes y necesarios, colaboradores y protectores puestos por Dios para dicho ministerio!
De todos modos, hagamos lo que hagamos, debemos estar seguros de hacerlo motivados por un objetivo puro, es decir, por el deseo de servir al Señor y de atraer a otras personas a Su Reino. Si estás seguro de que el llamamiento más elevado de Dios es “ir por todo el mundo y predicar el Evangelio a toda criatura”, y que eso es realmente lo que deseas hacer, o posibilitar que otras personas lo hagan, entonces estarás “buscando primeramente el Reino de Dios” y el Señor te bendecirá y acompañará.

“Dios todo lo sabe, y te ama y te cuida,
nada Su verdad puede empañar.
¡A los que dejan que El elija,
lo mejor de lo mejor les da!”

¿Vas a dejar que Dios elija? ¡Si lo haces, Él te bendecirá enormemente, más de lo que podrías siquiera llegar a imaginar! “¡No hay límites!”
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Cierta mañana de verano una niña, sentada en uno de los bancos de una gran catedral, se entretenía observando los rayos de sol que entraban por los grandes vitrales. Los personajes bíblicos de los ventanales se veían bañados por los brillantes colores que hacía resaltar la luz. Tiempo después, cuando a la misma niña le preguntaron “¿qué es un santo?”, ella respondió: “Un santo es una persona que deja pasar la luz.”

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