Una antigua leyenda oriental cuenta que un gran sultán –cuya devoción a Dios era harto conocida– se quedó una vez dormido y no despertó a tiempo para la hora de la oración. El diablo, viendo que pasaba la hora, se acercó a él y lo despertó, apremiándole a que se levantara de la cama y empezase a orar.
–¿Quién eres? –preguntó el sultán sobresaltado, limpiándose las legañas de los ojos.
–Ah, eso no importa –replicó la sospechosa figura–. ¡Lo importante es que te desperté a tiempo! ¡Si no, por primera vez en diez años, habrías faltado a tus oraciones! Y es que rezar es muy bueno, ¿no crees?
–Sí, eso es cierto –contestó el sultán con aire satisfecho–. No se me ocurriría perderme mi rato de oración. ¡Ni una sola vez! ¡Pero un momento! Creo que te reconozco… sí, tu cara me resulta conocida. Ah claro, eres Satanás, y ciertamente tu aparición tendrá algún propósito maligno.
–¡En realidad no soy tan malo como crees! –exclamó el intruso–. Después de todo, tiempo atrás yo era ángel.
–Eso no lo dudo –intervino el sabio sultán–; sin embargo, ¡tú eres el Engañador, sabido es que a eso te dedicas! ¡Por tanto te exijo en nombre de Dios que me digas por qué justamente tú quieres que me levante a orar!
–Bien –resopló el Diablo impaciente por la insistencia del sultán–; si es menester que lo sepas, te lo diré. De haberte quedado dormido, olvidando tus oraciones, te hubiera pesado mucho después y te habrías arrepentido considerablemente. En cambio, si continúas como siempre, diez años sin perderte una sola oración, ¡te sentirás tan satisfecho de ti mismo que será peor para ti que si hubieras faltado una vez a la oración y te hubieras arrepentido de ello implorando perdón a Dios! ¡A Dios le agrada mucho más tu falta mezclada con penitencia, que tu virtud sazonada con orgullo!

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Qué gran enseñanza nos imparte esta anécdota. ¡Resulta que con frecuencia nos conviene equivocarnos! De no cometer algunos errores, probablemente nos enorgulleceríamos tanto y nos sentiríamos tan seguros de nosotros mismos, que nos creeríamos capaces de prescindir de Dios y de la ayuda de los demás. ¡Cuando en realidad, si nos sentimos orgullosos y autosuficientes no es porque estemos más cerca de Dios, sino más cerca de nosotros mismos!
Claro que en nuestro mundo moderno a muchas personas se les ha inculcado la idea de que el orgullo es una gran virtud. A los ojos de Dios, sin embargo, al orgullo y a la santurronería se les reconoce por lo que son: ¡pecados del corazón! De hecho, la Biblia dice que “¡antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu!… y Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Proverbios 16:5,18; Santiago 4:6).
Nuestros errores suelen ser el medio del que se vale Dios para controlar nuestra soberbia, y con frecuencia contribuyen a mantenernos humildes y quebrantados, más necesitados del socorro divino y más dependientes de Su fortaleza en lugar de la nuestra. ¡Quizá te sorprenda saber que el Señor hasta quiere que fallemos en algunas cosas, para que no tengamos un concepto demasiado elevado de nosotros mismos y no nos creamos tan perfectos!
¡De lo que parecen derrotas Dios saca algunas de Sus mayores victorias! “¿Victorias? –puede que te preguntes–. Pero ¿qué clase de victoria es esa?” Pues bien, Dios muy frecuentemente recurre a experiencias humillantes para convertirte en una persona mejor, más compasiva y comprensiva de los errores ajenos, más amorosa y paciente de lo que serías en caso contrario.
¿No te parece reconfortante que tus fallos se puedan ver de modo positivo y considerarse como algo beneficioso para ti?… ¡Es decir, no como que el Señor lo que pretende es aplastarte y dejarte por los suelos, sino que a base de errores, él te está enseñando muchas lecciones importantes que, si no quebrara tu orgullo, quizá nunca aprenderías!
Claro que para ello es preciso que seamos sinceros con nosotros mismos y que confesemos voluntariamente nuestros errores e intentemos rectificarlos. Aunque, como dicen, las palabras más difíciles de decir en cualquier idioma son: “¡Me equivoqué!”, y a quien más nos cuesta confesar nuestros errores es por lo general a nosotros mismos. Para ello hace falta una humildad que sólo Dios puede dar, ya que la pecaminosa naturaleza innata del hombre le lleva a querer parecer intachable y perfecto, lo cual por tanto le impide confesar sus errores.
En todo caso, si ansiamos la verdad, y deseamos gozar de la bendición de Dios, admitiremos y confesaremos nuestras faltas y fallos sincera y humildemente, con el consuelo de que hoy somos más sabios más ayer. Contrariamente a lo que piensan algunos, ¡admitir un error es señal de entereza, no una confesión de debilidad!
Además, Dios sabe que eres de todo menos perfecto. Es más, él sabe que no puedes ser perfecto y que jamás lo serás. El quid del asunto, pues, no es el ser o no perfecto, sino si dependes totalmente del Señor, confiando en él, y en Su gracia, Amor y misericordia. ¿Le das a él toda la gloria y el mérito de todo lo bueno que haces? Siempre que haces algo bueno, ¿dices: “¡Dale gracias a Jesús, no a mí! Si algo de bueno he hecho, ¡se debe completamente a la ayuda del Señor!”?
Una buena regla a seguir es darle a Dios toda la gloria de todo lo que hagas bien, y echarte a ti mismo toda la culpa de todo lo que hagas mal. ¡Así evitarás caer en la horrible trampa del orgullo santurrón, que viene a ser la base de prácticamente todo pecado!
Total que apenas cometas un error y te veas tentado a deprimirte y desanimarte, recuerda simplemente lo que el Diablo dijo al sultán: “¡A Dios le agrada mucho más tu falta mezclada con penitencia, que tu virtud sazonada con orgullo!”
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ORACIÓN: Señor, ayúdanos a darnos cuenta de que aun nuestros errores nos hacen bien. Ayúdanos a ser francos con nosotros mismos y con los demás, descubriendo nuestras faltas y defectos. Confesamos que sin Ti no somos nada (Juan 15:5). Ayúdanos a no resistirnos a Tus quebrantamientos y rehacimientos, que en realidad nos ayudan a ser más sumisos, más humildes y, sobre todo, más útiles a Tu servicio. En el nombre de Jesús, te lo pedimos. Amén.

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