1. Vivía en Capernaum, ciudad de Israel, un importante oficial del ejército romano. Se trataba de un centurión de quien dependía directamente una guarnición de 100 hombres. él y sus hombres habían vigilado de cerca todos los movimientos de Jesús desde el comienzo de Su ministerio en esa región. Tenían el deber de no permitir que aquel galileo hiciera o dijera nada que incitara al pueblo a rebelarse contra Roma.
2. Sin embargo, habiendo oído de vez en cuando a Jesús hablar a las gentes sobre el celestial Reino del Amor de Dios, el centurión le había tomado respeto a Jesús, por entender que el Reino del que él hablaba difícilmente suponía amenaza alguna para Roma, la cual, a pesar de todo su poderío y grandeza, ¡hasta podría beneficiarse un poco de aquel amor que él pregonaba!
3. Un día, al enfermar mortalmente su siervo más querido, enseguida pensó en todo lo que Jesús había hecho por los enfermos y los inválidos, y caviló, “Me pregunto si podría curar también a mi siervo.”
4. Había, sin embargo, un inconveniente: ¿Cómo podría él, siendo romano, acudir a un judío pidiendo auxilio, en una época en que la mayoría de los judíos despreciaban a los ejércitos del César? ¿Acaso aquel Jesús, conocido por el amor y el interés que manifestaba por todos, aceptaría alargar la mano más allá de los confines de su propia raza judía, para ayudar a alguien con quien los judíos estaban en pugna?
5. De pronto, se le ocurrió, “Seguramente puedo mandar llamar a algunos ancianos de los judíos” razonó, “hombres respetados con quienes he tenido tratos, ¡y quizá ellos podrían hablar con Jesús en nombre mío!” Los ancianos, pues, que estaban muy agradecidos al centurión por el favor que había demostrado hacia su pueblo, fueron y presentaron a Jesús la petición del centurión para que curase a su siervo. Le dijeron, “Este hombre es muy merecedor de Tu ayuda. ¡Ama a nuestro país y ha ayudado personalmente a financiar la construcción de nuestra sinagoga!”
6. Así, pues, Jesús accedió a ir a su casa; pero no estando ya lejos de allí, el centurión envió a unos amigos con un recado que decía, “Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo. ¡Solamente di la palabra, y mi criado será sano! Porque soy un hombre con autoridad, y tengo bajo mis órdenes a soldados, y digo a éste, `Ve’, y va, y al otro, `Ven’, y viene. Y si digo a mi siervo, `Haz esto’, lo hace.”
7. Jesús, al oír estas palabras, se maravilló, y dijo a los que le seguían, “¡Fe tan grande como ésta no la he hallado en todo Israel!” ¡Quién hubiera creído que semejantes palabras pudieran brotar de los labios de Jesús, afirmando, delante de Sus hermanos judíos, que un gentil romano tenía más fe que cualquier otra persona en todo Israel!
8. No solo era soldado romano, sino un destacado oficial, y ni siquiera se había sentido digno de ir a ver a Jesús en persona, ni de invitarlo a entrar en su casa. ¡Pero creyó que aun desde cierta distancia Jesús podía sanar a su siervo, sin tener así que entrar personalmente a su casa, que fue exactamente lo que ocurrió!
9. La Biblia nos relata que finalmente Jesús se encontró con el centurión fuera de su casa, y en el mismísimo momento en que Jesús lo alabó por su gran fe, ¡su criado se curó! ¡Así, de un momento a otro, aquel centurión que se humilló delante del Señor pasó a la historia junto con los grandes personajes de Dios de todos los tiempos, ya que Jesús vio en él más fe que en los mismos judíos ultrarreligiosos que tanto alarde hacían de sus larguísimas oraciones y de sus tradiciones y ceremonialismo!
10. Es más, era tal el contraste entre aquel soldado y el presunto “Pueblo de Dios”, que Jesús declaró lo siguiente: “Os digo que vendrán muchos de todas partes del mundo, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielo; mas los hijos del Reino, los que hubieran sido sus herederos, ¡serán arrojados a las tinieblas de afuera!” (Mateo 8:11,12) En esta profecía, Jesús dio a entender que muchas gentes de otros países y naciones le aceptarían como Señor, mientras que otros que vivían muy cerca de él y tenían múltiples ocasiones de conocerle, ¡le rechazarían, perdiendo así su oportunidad de entrar el Reino de Dios!
11. Jesús, satisfecho con la fe del centurión, dijo, “¡Ve! ¡Te será hecho tal como creíste!” ¡Y su siervo fue sanado en aquella misma hora!
12. ¡Imagínate al oficial regresando a su casa y viendo a su criado sonriente y perfectamente sano, lleno de gratitud por lo sucedido! Huelga decir que el centurión probablemente se volvió hacia él y dijo, “¡Da gracias a Dios que te ha curado! ¡Fue por obra de Jesús de Nazaret! ¡Es él quien ha hecho este milagro!”
13. ¿Verdad que es una lástima que hoy en día muchos cristianos releguen a un pasado remoto los hechos de Cristo y de Sus discípulos, y los milagros que obraron? ¡Son muchos los que no se detienen a pensar en el extraordinario mensaje contenido en estos relatos históricos del Hijo de Dios! Inclusive, parecen contemplar estas narraciones como fantasías desvinculadas de toda realidad. Dicen: “¡Todo eso está lejísimos, Dios está lejísimos, el Cielo está lejísimos! ¡Jesús hace ya siglos que murió, todo parece tan distante!”
14. ¡Cuando lo cierto es que esas cosas todavía pueden ocurrir hoy en día, y de hecho, ocurren a las personas provistas de suficiente fe como para creer que Dios habla en serio cuando dice lo que dice! ¡Su presencia sigue siendo tan real como siempre! Dios aún vive, se encuentra bien y obra con tanto poder como siempre entre aquellos que confían en El. Dice: “¡Yo, el Señor, no cambio!” (Malaquías 3:6) Y, “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.” (Hebreos 13:8) “Si crees, ¡al que cree todo le es posible!” (Marcos 9:23)
15. ¡El día de los milagros no ha pasado! ¡Dios aún se ocupa de transformar los cuerpos que lo necesitan, así como también los corazones, mentes y espíritus! ¡A El, que es el Dios de la creación, curar no le resulta difícil! ¡El, que creó el cuerpo humano, puede arreglarlo! ¡Aquel que nos hizo, sin duda es capaz de curarnos! Su Palabra dice: “¡Mas a vosotros que teméis Mi Nombre, nacerá el Sol de justicia, y en Sus alas traerá curación!” (Malaquías 4:2)

REFLEXION–¡La Gran Fe De Un Soldado!

16. (1) Esta historia nos ofrece una magnífica ilustración de cómo se obtienen respuestas a las oraciones. El centurión depositó su fe en la Palabra de Jesús. Para conseguir lo que necesitaba, no tenía que ver ni tocar a Jesús. Es más, Jesús le dijo: “Ve, y como creíste, te sea hecho” (Mateo 8:13). Pese a que Jesús jamás entró a la casa ni llegó a ver al siervo, lo sanó igualmente.
17. (2) ¡Acuérdate de que tienes a tu favor todas las promesas que ha hecho Dios en la Biblia! Cuando reces, trae contigo esas promesas. Cuando le recuerdas a Dios Su Palabra, demuestras que tienes fe en ella. Lo que agrada a Dios es esa firme declaración de tu fe en Su Palabra (Véase Hebreos 11:6).
18. (3) ¡A aquel soldado no le hicieron falta años de estudiar en un seminario y de formación teológica para tener fe! Simplemente creyó con una fe sencilla e infantil, y Dios lo bendijo.
19. (4) El centurión hizo una firme declaración de fe. No se limitó a pensar: “Vaya, quizá Jesús pueda hacer algo”; sino que dijo con certidumbre: “¡Solamente di la Palabra, y mi criado será sano!” (Mateo 8:8) No solo profesó su fe ante Jesús, ¡sino que envió ese recado por medio de sus amigos, que también fueron testigos de aquella poderosa respuesta divina!
20. (5) La gran fe del centurión no fue obra de sí mismo. Al contrario, se sintió desmerecedor e indigno de que Jesús entrara siquiera en su casa. Depositó su fe en el amoroso poder de Dios, no en su propio mérito, pues en realidad se avergonzaba de sí mismo.
21. (6) Pese a sentirse indigno, su fe lo llevó a tomar medidas concretas, razón por la que envió mensajeros para que fuesen al encuentro de Jesús. Muchas veces nosotros también nos sentimos apocados e indignos del socorro divino; ¡sin embargo, si vamos al encuentro de Jesús mediante el poder de la oración, cumplimos con la parte que nos corresponde a nosotros, la parte que nosotros podemos hacer, y Dios hará el resto, la parte que nosotros no podemos!
22. (7) Cuando necesites seguridad y fe para creer que Dios contestará a tus oraciones, he aquí unos magníficos versos para que los leas y te afirmes en ellos al momento de orar:
Juan 15:7 — Si permaneces en Mí, y Mis Palabras permanecen en ti, pide todo lo que quieras y te será hecho.
Jeremías 29:13 — Y me buscarás y me hallarás cuando me busques de todo tu corazón.
1Juan 3:22 — Y cualquier cosa que pidamos la recibiremos de él, porque guardamos Sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él.
Santiago 4:8 — ¡Acércate a Dios, y él se acercará a ti!
1Juan 5:14 — Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a Su voluntad, él nos oye.

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